CONFERENCIA facisCOPAL

Alberto Pérez Carbonell.-
El actual arzobispo de Valladolid, Luis Javier » Argüello García, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha hablado. Lo ha hecho dirigiéndose a la plebe, como lo haría en los tiempos del general Franco, cuando los obispos españoles estaban encantados con que el sátrapa asesino entrara en las catedrales bajo palio y con todos los honores de un «defensor de la cristiandad». Se le olvida al señor arzobispo que no estamos en aquellos tiempos, en los que a un criminal – de guerra y de paz- se le podía esconder, junto a sus crímenes, bajo un manto de hostias y una nube de incienso. En estos tiempos, el que tiene un poco de memoria, aunque sólo sea un poco, sabe perfectamente que la Iglesia española vale mucho más por lo que debe callarse que por lo que pueda decir.
Pero, es raro que un monseñor español, criado y ensolerado en las barricas del nacional catolicismo, sepa meterse la lengua en la bragueta, lugar donde la gente de nuestro clero suele esconder sus desvergüenza y sus malas obsesiones.
Así que, el señor Argüello, arzobispo de la Conferencia de Obispos Fascistas ( FacisCOPAL), se dirige a la plebe para que quede advertida que este Gobierno está compuesto por una banda de ladrones. Y está tan convencido que añade: «A las pruebas me remito…»
Me llama la atención que semejante personaje pase por alto el ladronocio del partido católico por excelencia, el PP. Ahí tiene su ilustrísima un amplio terreno por explorar, repleto de casos, que en otro país, con una Judicatura nacida de la democracia – no es este el caso- hubiera dado lugar a llenar las cárceles sobradamente. Y puestos a meter en la «trena» a elementos indeseables, el ejército de curas, obispos y cardenales pederastas hubieran completado el aforo con lo mejor de la sociedad tardo- franquista de este país.
¿ Ladrones, dice usted, monseñor? Haga memoria, hombre de Dios. Este Gobierno nunca pretenderá que la mezquita de Córdoba pase a formar parte del patrimonio de la Iglesia Católica española, ustedes sí. Ni la Giralda de Sevilla. Ni la Alhambra de Granada. El hecho de que hayan hecho un par de misas en esos edificios monumentales, patrimonio de la Humanidad, no los convierte en templos católicos de propiedad eclesiástica.
Ya pueden ustedes inventarse todo tipo de «inmatriculaciones», con la ayuda de Aznar o sin ella. Están ustedes tan acostumbrados a robar al pueblo español que confunden el atraco institucional con el «cepillo» de una parroquia de pueblo. Jesús de Nazaret les echó de las puertas del Templo a latigazos. Sabía lo que se había el hijo del carpintero, sin duda. A ver si viene otro Mesías y les expulsa de toda condición social. Eso sí que sería un pedazo de milagro, porque lo de convertir el agua en vino lo hace cualquiera que tenga una bodega y un grifo.
Y otra cosa: dejen tranquilo al colectivo LGTBI. Ellos no se esconden tras unas sotanas para ocultar su condición sexual; ustedes, si. Desde siempre.
El día del Orgullo no es una obra satánica, sino una reivindicación de gentes perseguidas por el régimen fascista que ustedes protegieron. De las palizas en las comisarías franquistas han pasado a tomar la calle y proclamar en libertad su sexualidad. ¿ Algún problema, «padrecito»? Millones de españoles estamos con ellos, en su lucha. Por lo que a mí respecta, me pueden ustedes excomulgar cuando lo crean oportuno. Ese día, si llega, me vestiré de «bailaora», con peíneta y tacones. Las bragas se las pediré a usted, ilustrísima, que seguro que las tiene «rescondidas» en el último cajón de su mesita de noche, junto a las medias de «nylon». Y de esa guisa me sumaré a la primera carroza que me llevé a cualquier palacio episcopal, esas guaridas de pederastas, donde sí están permitidas las conductas satánicas, tan repugnantes como la secular hipocresía con que se adorna los personajes que allí habitan. Porque no hay crimen más deleznable que violar a un inocente, matando su pureza, con el correspondiente trauma que le acompañará toda su vida.
«Joer», qué a gusto me acabo de quedar, después de la parrafada. Protejeros del calor, de los hipócritas
La eutanasia incomoda porque obliga a tomarse en serio la libertad.


