El Visado de la Indecencia: Crónica de un Infarto Anunciado.

Eleanor Moggio.-
Escribo estas líneas como presidenta de la Asociación Nacional en Defensa del Sistema Público de Pensiones (ADEPPU), pero sobre todo como una ciudadana española que se niega a aceptar que la supervivencia sea un privilegio de clase. Mi corazón avisa: tengo una estenosis del 60%, soy diabética, sufro apnea del sueño y mi masa corporal es del 32%. Para mis especialistas —cardiólogo e internista—, la medicación para reducir esa masa no es un capricho estético; es el cortafuegos necesario para evitar un infarto inminente.
Sin embargo, me he topado con un muro: el inspector médico. Un burócrata que, sin auscultarme y amparado en un despacho, ha decidido que mi derecho a la vida tiene un precio que el sistema no quiere pagar.
La eugenesia administrativa: Si eres pobre, no tienes derecho a prevenir
¿Dónde está la universalidad de la salud cuando se condena a una persona de alto riesgo por su situación de exclusión social? Lo que estamos viviendo en España es una barbarie institucional. Negar un fármaco vital por su coste es decirle al paciente: «Si tienes dinero para pagarlo por lo privado, te salvas; si eres pensionista y humilde, te arriesgas a morir».
Es indecente y vergonzoso que, en pleno siglo XXI, la administración juegue a ser Dios, decidiendo quién vive y quién no según el saldo de su cuenta corriente. Estamos asistiendo a una eugenesia administrativa encubierta:
• Se castiga la pobreza: Ser pobre no debería restar años de vida, pero el sistema prefiere financiar un entierro o una cama de UCI antes que una receta preventiva.
Se desprecia la ciencia: La firma de dos especialistas de prestigio es papel mojado frente al sello de un censor que solo mira el presupuesto del mes.
• Se vulnera la Constitución: El derecho a la protección de la salud es igual para todos los españoles, no solo para quienes pueden costearse la innovación farmacéutica.
No somos primates, somos ciudadanos
Si la sanidad pública deja de ser equitativa, deja de ser sanidad para convertirse en un sistema de castas. Mi estenosis del 60% no entiende de presupuestos, entiende de vida. Y mi vida, como la de miles de pensionistas en exclusión, no está a la venta ni a merced de un visado administrativo.
Basta de decidir quién vive por el precio de una medicina. La salud es un derecho, no una limosna.


