Impulsar la acción climática a través de las universidades
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Ruta Azul , el plan de acción climática y de sostenibilidad de la universidad mexicana Tecnológico de Monterrey, ha integrado la sostenibilidad en la cultura y el modelo educativo de la institución para construir una comunidad capaz de afrontar la crisis climática mediante la acción coordinada.
(Ilustración de iStock/diane555)En 2024, el aumento promedio de la temperatura global superó por primera vez el umbral de 1.5 grados Celsius estipulado en el Acuerdo de París , un claro recordatorio de que la crisis climática es uno de los desafíos más urgentes y complejos que enfrenta la humanidad en el siglo XXI. Sus impactos ya están transformando ecosistemas y sociedades a nivel mundial, pero algunas regiones sufren sus efectos con mayor intensidad que otras. México, por ejemplo, experimenta un calentamiento más acelerado que el promedio mundial, según un informe reciente de la Universidad Nacional Autónoma de México . Las temperaturas han aumentado 1.8 grados Celsius desde la era preindustrial hasta 2024, en comparación con el aumento global de 1.2 grados Celsius en el mismo período. Además, se proyecta que la temperatura promedio anual del país aumente entre 2.9 y 5.3 grados Celsius para finales del siglo XXI, lo que pone en grave riesgo sus sistemas agrícolas, el acceso al agua, la salud y el bienestar de la población, y la economía nacional.
En México y otras regiones desproporcionadamente afectadas, existe una necesidad especialmente apremiante de aumentar la ambición y el alcance de la acción climática local y regional para que incluya a todos los sectores y tipos de organizaciones, y las universidades están particularmente bien posicionadas para satisfacer esta necesidad. La UNESCO estimó que en 2022 más de 256 millones de personas estaban matriculadas en universidades de todo el mundo , incluyendo cerca de 56 millones en América Latina y el Caribe. Este amplio alcance significa que las universidades pueden ser agentes de cambio estratégicos, ya que cada estudiante tiene el potencial de impulsar transformaciones estructurales y promover soluciones sostenibles dentro de sus campos y comunidades.
Para el Tecnológico de Monterrey, una universidad privada sin fines de lucro en México, esta realidad planteó una pregunta inspiradora: ¿Qué pasaría si todas las universidades del mundo pusieran sus fortalezas al servicio de la acción climática y graduaran estudiantes con una conciencia integral de la sostenibilidad y las habilidades necesarias para actuar ante las emergencias climáticas? Muchas universidades han comenzado a integrar la sostenibilidad de manera más sólida en sus programas académicos y operaciones, e incluso han adoptado compromisos internacionales de descarbonización.
Por ejemplo, más de 1000 universidades en todo el mundo, incluidas 95 en América Latina y el Caribe, han firmado el compromiso de la iniciativa Race to Zero para lograr cero emisiones netas en las próximas décadas. Sin embargo, el Tecnológico de Monterrey se inspiró para probar un enfoque aún más transversal e integral, que va más allá de la reducción de carbono.
En 2021, se lanzó Ruta Azul , el plan de acción climática y de sostenibilidad del Tec de Monterrey. El plan buscaba impulsar políticas y programas para promover la sostenibilidad y la acción climática, integrando la sostenibilidad en todas las funciones universitarias —no solo en las académicas u operativas— y en todos sus campus. La universidad sabía que este enfoque integral sería difícil de implementar debido a que dependía de la colaboración interdisciplinaria y departamental, pero, en última instancia, ayudó a generar conciencia, capacidad y experiencia en sostenibilidad más allá del personal dedicado a la sostenibilidad, convirtiendo la acción climática en un frente estratégico para la universidad. 
Para otras universidades que buscan acelerar la sostenibilidad dentro y fuera de sus instituciones, Ruta Azul ofrece algunas ideas valiosas sobre cómo las instituciones pueden catalizar eficazmente la acción climática.
Qué significa ser un catalizador
Fundado en 1943, el Tecnológico de Monterrey es hoy una universidad privada sin fines de lucro con presencia en 20 estados mexicanos. Atiende a más de 87,000 estudiantes en educación preparatoria, universitaria y de posgrado, y cuenta con una plantilla de más de 11,000 docentes y 32,000 empleados. Debido a su tamaño, implementar una estrategia de sostenibilidad en sus 26 campus representó un desafío significativo. Cada campus tiene sus propias circunstancias y una población que varía en tamaño, cultura, costumbres y estilos de trabajo, y cada uno tiene sus propias políticas locales, dinámicas sociales y/o enfrenta diferentes riesgos climáticos y preocupaciones de sostenibilidad.
El desarrollo de Ruta Azul comenzó con un diagnóstico de la crisis climática en 2021 y una declaración que delineaba el rol de liderazgo que las universidades debían asumir en este contexto. Como uno de los sistemas universitarios privados más grandes de América Latina, la presencia multicampus y la extensa red comunitaria del Tecnológico de Monterrey ofrecieron una oportunidad única para probar, ampliar y acelerar soluciones climáticas a nivel nacional. Con esto en mente, un equipo dedicado de líderes en sostenibilidad de la universidad —entre ellos Inés Sáenz Negrete, Cynthia Villarreal Muraira, José Antonio Torre, Luis Fernández Carril y Martín Sánchez Gutiérrez— creó una hoja de ruta para los próximos cuatro años, con acciones y objetivos concretos organizados en torno a seis áreas de acción: cultura, mitigación, adaptación, educación, investigación y extensión.
En los años siguientes, el plan guio y facilitó el progreso en estas áreas, definiendo indicadores de referencia, desarrollando nuevas políticas y directrices, y poniendo a prueba proyectos piloto. La sostenibilidad también se convirtió en un tema recurrente en la agenda institucional, y la universidad priorizó Ruta Azul como uno de sus proyectos estratégicos para 2025.
La reciente decisión de extender la Ruta Azul hasta 2030 impulsó al equipo a reflexionar sobre cuáles de los elementos y acciones del plan realmente impulsaron la acción climática. Si bien el término “impulsar” puede parecer curioso en este contexto, su significado es intencional. En química, la catálisis se refiere al aumento de la velocidad de una reacción mediante la presencia de un catalizador. Este fenómeno es fundamental para la vida. Procesos biológicos esenciales como la digestión y la producción de energía dependen de las enzimas, moléculas catalíticas que aceleran las reacciones bioquímicas para que ocurran en milisegundos. Sin enzimas, estas reacciones serían demasiado lentas para sustentar la vida.
Las instituciones de educación superior también pueden actuar como catalizadores; pueden acelerar la transición hacia la sostenibilidad y la acción climática antes de que los impactos de la crisis climática se vuelvan irreversibles. De hecho, los cuatro mecanismos principales mediante los cuales operan las enzimas coinciden en gran medida con algunas de las ideas más importantes surgidas durante los primeros años de Ruta Azul .
1. Activación de la primera acción
Impulsar la acción y la movilización en torno a cualquier causa o iniciativa requiere un dinamismo considerable, sobre todo al principio. Y si bien la colaboración y la corresponsabilidad reducen las barreras que tradicionalmente obstaculizan el cambio sistémico en las grandes organizaciones, exigen que las instituciones encuentren primero un objetivo común que una a su comunidad: una chispa que desencadene la colaboración y la haga significativa y valiosa en medio de la incertidumbre.
Ruta Azul comenzó sumándose a importantes compromisos internacionales de sostenibilidad. En 2019, el Tecnológico de Monterrey firmó la Declaración de Emergencia Climática e Instituciones de Educación Superior, un compromiso de tres puntos firmado por universidades y colegios de los siete continentes que incluye:
- Lograr la neutralidad de carbono para 2050 (que posteriormente evolucionó hasta convertirse en el compromiso “Carrera hacia el Cero” de ser una organización con “cero emisiones netas” para 2040).
- Movilizar más recursos para la investigación sobre el cambio climático y la creación de habilidades.
- Promover la educación sobre el cambio climático y el desarrollo sostenible en los campus universitarios y en las comunidades.
Esto sirvió como una especie de puerta de entrada para la colaboración dentro de la institución y puso de relieve la necesidad de que los diferentes departamentos y grupos trabajaran de manera coordinada y transversal.
Un impulso posterior fue la incorporación de Ruta Azul a la cartera de proyectos estratégicos 2025 del Tecnológico de Monterrey. Esta designación posicionó a Ruta Azul como una prioridad institucional y abrió la puerta a colaboraciones más efectivas, incluyendo el trabajo con académicos para integrar el desarrollo sostenible en los nuevos planes de estudio. Hoy, la sostenibilidad es parte estructural de la formación de los estudiantes, fortaleciendo tanto sus competencias profesionales como su compromiso con el futuro del planeta.
Es importante destacar que las acciones de sostenibilidad no son un fin en sí mismas, sino un medio para respaldar el papel social de la universidad a través de la acción climática basada en la ciencia, con corresponsabilidad y una ambición creciente.
2. Abordar la diversidad
Movilizar a personas, áreas, públicos u organizaciones de distintos tipos representa un desafío muy similar al que enfrentan las enzimas. Cada individuo y grupo posee perspectivas, conocimientos, ideologías, motivaciones y necesidades únicas en torno a la sostenibilidad. Entre los desafíos se incluyen la alineación de intereses y plazos diversos, el conocimiento limitado sobre sostenibilidad, la resistencia al cambio y el mantenimiento de una comunicación inclusiva y coherente. La clave reside en construir un entendimiento común y un conocimiento técnico sobre sostenibilidad, para luego cocrear y adaptar estrategias a cada grupo.
La flexibilidad permite a las instituciones diseñar iniciativas que conecten con la realidad de cada grupo y que construyan puentes en lugar de imponer soluciones. Un claro ejemplo son los planes de sostenibilidad específicos para cada campus del Tecnológico de Monterrey, que reflejan las prioridades y condiciones de cada uno e incluyen comités locales de toma de decisiones con autonomía. En lugar de que el equipo central de Ruta Azul definiera estos planes, la universidad los basó en análisis realizados por los comités locales. Esto garantizó que los objetivos locales se alinearan con Ruta Azul, pero que hubiera suficiente margen para que cada campus definiera su propia estrategia. Los comités locales de sostenibilidad, cada uno liderado por un director de campus, siguen apoyando la implementación de estos planes con recursos, instrumentos , políticas, capacitaciones, asesoramiento y el reconocimiento constante del equipo central de Ruta Azul . La universidad también organiza reuniones entre los comités locales y el equipo central de Ruta Azul para compartir buenas prácticas, experiencias y desafíos.
La flexibilidad también es fundamental para el desarrollo de habilidades. Ruta Azul ofrece contenido y herramientas relevantes, útiles y contextualizadas que respetan los roles y las posibilidades de acción de cada grupo. Por ejemplo, las capacitaciones para el equipo de instalaciones abarcan regulaciones ambientales, procesos y prácticas sostenibles, mientras que las capacitaciones para docentes se centran en el desarrollo sostenible en su práctica docente y las tendencias educativas (en este caso, a través de cursos gestionados por el Centro para el Desarrollo Docente y la Innovación Educativa , o CEDDIE). Este enfoque personalizado no solo mejora la implementación, sino que también fortalece el sentido de pertenencia y corresponsabilidad de cada grupo.
También existe un enorme potencial para conectar con los estudiantes. Ruta Azul ha colaborado con el modelo educativo Tec 21 , que invita a los estudiantes a resolver desafíos vinculados a problemas reales como la sostenibilidad. Asimismo, ha introducido desafíos académicos multidisciplinarios —que combinan áreas como marketing, emprendimiento e ingeniería— que abordan temas de sostenibilidad o cambio climático. Un desafío reunió a 30 estudiantes para diseñar soluciones que abordaran los riesgos climáticos en el campus de Monterrey. Durante una semana, propusieron iniciativas para fortalecer la resiliencia de la comunidad ante inundaciones, sequías, olas de calor y frío, y fuertes lluvias, incluyendo documentales con testimonios de la comunidad, hackatones, comités de acción climática y actividades de sostenibilidad para los nuevos estudiantes.
Hasta el momento, Ruta Azul ha llegado a más de 690 estudiantes a través de colaboraciones que involucran 26 cursos de diferentes disciplinas en cuatro campus. Estas iniciativas transmiten que el trabajo de sostenibilidad no es exclusivo de una sola disciplina y que la colaboración es fundamental para el éxito. Como explicó la estudiante Georgina Martínez: “La participación estudiantil es esencial para fomentar y promover una cultura de sostenibilidad en nuestros entornos, no solo creando espacios significativos para la defensa de la sostenibilidad, sino también mediante acciones medibles para abordar la crisis climática. La acción de múltiples actores permite fortalecer e integrar los planes institucionales existentes, así como conectar a la comunidad estudiantil con soluciones colectivas”.
3. Fomentar el entorno ideal.
Las enzimas requieren un entorno específico —la temperatura o el pH adecuados— para funcionar de forma óptima y catalizar una reacción exitosa. Lo mismo ocurre con las iniciativas de sostenibilidad. En concreto, necesitan una cultura organizacional sólida que fomente el conocimiento, las actitudes, los valores y los comportamientos necesarios para impulsar el cambio. Solo así la sostenibilidad podrá trascender el discurso y convertirse en una práctica viva y compartida.
Para contribuir a crear este entorno, el profesorado del Tecnológico de Monterrey desarrolló el Índice de Cultura de Sostenibilidad (ICS) , un instrumento de medición propio que monitorea la cultura de sostenibilidad (incluyendo la apropiación, la comprensión y la acción) entre estudiantes, personal y docentes. Más que un diagnóstico, el ICS es una guía que orienta las decisiones de Ruta Azul y le permite diseñar iniciativas más precisas, relevantes y efectivas.
El director académico Luis Fernández explica: «La inspiración para crear este instrumento e impulsar el trabajo sobre la cultura de la sostenibilidad surgió de una reflexión del abogado ambientalista James Gustave Speth. Él afirma que antes pensaba que los mayores problemas ambientales eran la pérdida de biodiversidad, el colapso de los ecosistemas y el cambio climático. Pero con el tiempo, llegó a la conclusión de que los verdaderos desafíos eran el egoísmo, la codicia y la apatía, y que abordarlos requiere una transformación cultural y espiritual, algo que la ciencia por sí sola no sabe cómo lograr».
El SCI se basa en marcos conceptuales consolidados, incluidos el Nuevo Paradigma Ecológico , la Escala de Comportamiento Proambiental y el Modelo ABC (Actitud-Comportamiento-Contexto), y está estructurado en torno a cuatro pilares:
- Conocimientos sobre temas como el cambio climático, el medio ambiente y el desarrollo sostenible.
- Actitudes hacia cuestiones socioambientales, como los límites al crecimiento o el rechazo al antropocentrismo.
- Ideologías que influyen colectivamente en las acciones, como el ecoblanqueo, el cientificismo o el mito de la superpoblación.
- Comportamientos como el consumo responsable, la movilidad sostenible y la educación ambiental.
Esta estructura ayuda a Ruta Azul a comprender qué saben y piensan las personas, y cómo actúan. Tras la medición inicial, el equipo definió acciones concretas para fortalecer la base de conocimientos de la comunidad universitaria. Estas incluyeron ofrecer capacitación en línea sobre conceptos básicos de cambio climático y sostenibilidad, a la que asistieron más de 4000 docentes y empleados, y la creación de un seminario en el que el equipo central de Ruta Azul integró estratégicamente los hallazgos de la SCI en las prioridades. Esto incluyó la integración de la capacitación en sostenibilidad y las iniciativas operativas; por ejemplo, capacitar al personal universitario para utilizar el paisajismo no solo como decoración, sino también como una estrategia de ecorresiliencia y adaptación.
Un estudiante camina por el Campus Monterrey, el campus principal del Tec de Monterrey en el norte de México, donde la sostenibilidad se ha integrado progresivamente en la vida cotidiana. (Foto cortesía del Tec de Monterrey)En 2025, el SCI ganó el Premio a la Excelencia de la Red Internacional de Campus Sostenibles en la categoría de “cambio cultural para la sostenibilidad”. Su última versión incluye nuevas dimensiones de análisis, como actitudes e ideologías proambientales y el cambio de comportamiento en el contexto local. Ruta Azul también participó en sesiones de trabajo con la Universidad de Michigan, la Pontificia Universidad Católica de Chile y otros socios que han creado herramientas similares para enriquecer el diseño.
4. Aprender a dejar ir

Ruta Azul se ha integrado en las dos misiones principales de la universidad a través de la descentralización: mediante la incorporación permanente de la sostenibilidad en el plan de estudios y el fomento de la investigación aplicada transdisciplinaria que trata al propio campus como un laboratorio viviente.
En cuanto a los planes de estudio, por ejemplo, Ruta Azul actuó principalmente como consultora estratégica, colaborando con la Vicerrectoría Académica, el CEDDIE y los departamentos académicos en un plan de dos fases para asegurar que todos los estudiantes aprendieran sobre el cambio climático y la sostenibilidad. La Fase 1 consistió en integrar el cambio climático en los cursos existentes; a partir de 2023, todos los programas de grado incluyeron al menos un curso obligatorio sobre cambio climático. La Fase 2 se centró en integrar una metodología para la enseñanza de la sostenibilidad en el diseño de los cursos. Esta metodología, denominada Educación para el Desarrollo Sostenible (EDS), dota a los estudiantes del conocimiento, las habilidades, los valores y la capacidad de acción necesarios para afrontar los desafíos globales, y a partir de agosto de 2026, aproximadamente el 20 % de todos los planes de estudio incluirán cursos diseñados con la metodología EDS. Ruta Azul supervisó y facilitó el diseño de guías, directrices y capacitaciones, pero confió en que tanto los equipos de diseño como los propios docentes, expertos en su labor pedagógica, desarrollarían e integrarían los planes y estructuras académicas.
Hacia un movimiento global
Quizás el mayor y más persistente desafío al que se enfrentan las organizaciones de todo tipo sea lograr una comprensión compartida de lo que realmente significan la sostenibilidad y la acción climática: pensar en ello más allá de los árboles, el agua y la basura, como un concepto más amplio que implica la participación de la comunidad y la toma de decisiones.
Las universidades pueden asumir un papel de liderazgo mediante mecanismos concretos y catalizadores que impulsen un cambio trascendental. Si bien el proceso puede variar según el tamaño, la ubicación o la especialidad de cada institución, si todas se comprometieran a reducir las emisiones, fomentaran una cultura de sostenibilidad entre su alumnado, profesorado y personal, y priorizaran la educación en desarrollo sostenible, el sistema universitario se convertiría en una de las redes de acción climática más poderosas del planeta. En este escenario hipotético —pero totalmente posible—, una alianza global de universidades sostenibles podría impulsar políticas públicas más ambiciosas, acelerar la innovación tecnológica verde y, sobre todo, formar a generaciones de ciudadanos conscientes, preparados y comprometidos con la transición hacia modelos económicos y sociales regenerativos. La universidad dejaría de ser simplemente un espacio de enseñanza y se consolidaría como un agente de cambio capaz de transformar la sociedad desde sus cimientos.
El efecto multiplicador de estas acciones sería inmenso: cada graduado no solo adquiriría conocimientos técnicos, sino también una visión ética y sostenible que influiría en su trabajo, su familia y su comunidad. Los profesores que predican con el ejemplo, los estudiantes e investigadores que buscan soluciones prácticas y el personal que actúa con criterios medioambientales podrían crear una red viva de sostenibilidad dentro y fuera del campus.
Ruta Azul es una invitación, un ejemplo de lo que puede suceder cuando la educación superior asume su responsabilidad histórica y decide ser parte activa de la solución. El futuro del planeta bien puede comenzar en el aula, el laboratorio o un proyecto estudiantil, y multiplicarse hasta convertirse en un movimiento global que transforme nuestra forma de vivir, producir y convivir con el medio ambiente.
Lea la versión en español de este artículo , editada por Carla Aguilar.
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