El mundo que estamos construyendo —o más bien padeciendo
Tiene hoy un maestro de ceremonias: un octogenario ególatra, educado en modales mafiosos, al frente del mayor ejército del planeta.
Tomás Falantes Izquierdo.-
El problema de un ególatra es que necesita contarlo todo: no le vale el misterio, necesita que el mundo se asombre de sus hazañas.
Y ese disimulo perdido ya nos ha costado caro a los europeos: enfangados en la guerra de Ucrania, Trump nos lo ha dicho sin rodeos —la vais a pagar y la vais a financiar vosotros—. Y encima tenemos otro charco abierto, el de Irán, donde ni siquiera está claro por qué Estados Unidos se ha metido, empujado por Israel. Cabe preguntarse: ¿qué tiene ese país para poder empujar al dueño del mayor ejército del mundo?
Lleva de socio a Israel, y da pena ver cómo las víctimas del nazismo se han convertido, dos generaciones después, en verdugos con idéntico manual. Y aquí lo curioso: hemos alumbrado una tecnología portentosa —internet, la comunicación sin fronteras— que iba a acercarnos, y se nos ha convertido en instrumento de dominación. Un país de nueve o diez millones de habitantes, tecnológicamente aventajado, ve cómo los nuevos gobiernos de extrema derecha en Sudamérica —Argentina, Colombia, Chile, Ecuador— reconocen, uno tras otro y nada más llegar, que el Golán es israelí. Elecciones trufadas, tecnología convertida en arma de dominio: demasiadas casualidades para ser casualidad.

Y la tecnología, nuestro gran orgullo, tampoco se libra: Meta prefiere pagar diecisiete mil millones de dólares —lo que llevaba suelto el dueño esa tarde— antes que sentarse en un juicio. Y la inteligencia artificial, nuestro último portento, resulta que engancha con chatbots emocionales a chavales de doce a veinticinco años, generando dependencias tremendas. Y es China, precisamente, el único país que los ha prohibido para proteger las relaciones humanas.
Cleofás, en la barra, pide su café y suelta la frase del día: «Me han preguntado más de uno qué defiende Pedro Sánchez. Y os lo digo sin rodeos: defiende un negocio de treinta y tres mil millones de euros con Marruecos, que genera cien mil empleos indirectos y veinte mil directos. Eso es lo que defiende.»



