Medio pan y un periodismo libre: de la censura a las nuevas presiones

“A mí la prensa siempre me ha tratado bien”, decía Francisco Franco en 1968 (El Ciervo). Cabría incluso llegar a sorprenderse ante tal declaración. “A mí Doña Rogelia jamás me ha llevado la contraria”, que podría decir Mari Carmen de sus muñecos.
Y es que, otra cosa no, pero Franco tuvo claros desde el principio los pilares del Nuevo Estado; y en él, los medios de comunicación eran un órgano fundamental de adoctrinamiento político al servicio del Movimiento Nacional. La prensa debía operar como una correa de transmisión vertical, un altavoz sin fisuras de la ortodoxia nacionalcatólica. Bajo esta premisa se impuso durante décadas la Ley de Prensa de 1938: cada titular pasaba por el filtro del lápiz rojo del censor; los diarios que osaban apartarse de la línea oficial sufrían multas fulminantes, secuestros de ediciones o el cierre directo. Ni siquiera la célebre Ley de Prensa e Imprenta de 1966, impulsada por Manuel Fraga –y a menudo blanqueada como un hito aperturista–, supuso el fin de la censura previa; más bien, su sofisticación.
Pero… ¿y una vez muerto el dictador? La construcción de una democracia exigía como condición sine qua non la conquista de la palabra pública. Es así como el artículo 20 de la Constitución de 1978 ponía fin –en teoría y no sin dificultades– a la larga noche del NO-DO.
Se reconocen y protegen los derechos:
A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
Durante el nuevo periodo político-institucional, la prensa actuó como actor político de primer orden, ejerciendo como mediadora entre las incipientes instituciones y una ciudadanía ávida de participación. Sin embargo, aquella libertad de prensa nació con limitaciones estructurales importantes. Al igual que ocurrió en otros muchos ámbitos, la “Transición periodística” no purgó las estructuras empresariales del tardofranquismo; muchos de los grandes editores y cabeceras cruzaron el puente democrático intactos, perpetuando una inercia conservadora y subordinada a los poderes fácticos económicos. Como advertía con lucidez el jurista Pedro Crespo de Lara (2014), uno de los artífices de la defensa de los periodistas en aquellos años convulsos: “Una prensa amordazada habría hecho imposible la transición pacífica; pero la libertad conquistada en las redacciones pronto tropezó con los despachos de los consejos de administración, donde el dinero empezó a dictar lo que era publicable y lo que constituía un riesgo inaceptable”.
Cinco décadas después de aquellas redacciones humeantes de tabaco, la situación de los medios de comunicación en el Estado español atraviesa una crisis de proporciones sistémicas.
Los datos del Informe Anual de la Profesión Periodística de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) reflejan una erosión dramática situando en mínimos históricos la confianza ciudadana en los medios.
El periodismo de investigación, crítico y veraz se encuentra maniatado por una asfixiante concentración en manos de gigantescos conglomerados económicos y fondos de inversión ajenos al interés público.
En este tablero, la mentira, el sensacionalismo y los discursos de odio se han convertido en un modelo de negocio altamente rentable. Un proceso que camina en paralelo a la precarización laboral, el lawfare, la privatización de los medios y la intoxicación deliberada a través de agitadores reaccionarios que poco le deben al código deontológico.
Como resultado, la tan ansiada independencia informativa se estrella contra un tecnocapitalismo agresivo, acelerado y cada vez más blindado por la Inteligencia Artificial.
Hoy el peligro que acecha a nuestra convivencia democrática ya no viste uniforme militar ni lleva el sello del viejo Ministerio de Información y Turismo; se esconde tras una pantalla brillante y se disfraza de neutralidad informativa.
Decía Bertolt Brecht que el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma. Lo mismo ocurre con la comunicación: su función no debe ser complacer al mercado ni buscar la rentabilidad publicitaria, es emancipar a la palabra, a sus lectoras y a sus redactoras, interrogar el mundo que nos rodea, subvertirlo en aras de la rigurosidad informativa. Es por ello que reivindicar un periodismo radicalmente independiente se ha convertido, a todas luces, en una urgencia democrática de primer orden, en un derecho social inalienable: yo, si tuviera hambre y estuviera desvalida en la calle, pediría medio pan y un periodismo libre.
Bibliografía
Crespo de Lara, Pedro (2014): Triunfó la libertad de prensa. 1977-2000. La transición sin ira del periodismo en España, Editorial Espasa.
Montero, Mercedes; Rodríguez-Virgili, Jordi y García-Ortega, Carmela (2008): “La construcción mediática de la comunidad política. La prensa en la transición española a la democracia”, Palabra clave, 11 (2), 293-309.
Zugasti Azagra, Ricardo (2008): “La prensa como actor colectivo en la transición española a la democracia. El ejemplo de los dos editoriales conjuntos de 1977”, Revista RE, Presentaciones Periodismo, Comunicación y Sociedad 2(4), 27-37.


LA DEMOCRACIA ILUSTRADA