
La indecencia frente al espejo de la desmemoria

Eleanor Moggio.-
Hay palabras que, de tanto usarse como proyectiles en el debate público, han perdido su filo para convertirse en meros disfraces. En los últimos tiempos asistimos a un ejercicio de cinismo político tan descarado que cuesta no frotarse los ojos. Quienes levantan la voz desde la tribuna exigiendo lecciones de moral, decencia e integridad son, con demasiada frecuencia, los mismos que arrastran tras de sí una estela de gestiones marcadas por la negligencia, el dolor evitable y una alarmante falta de asunción de responsabilidades.
El recurso dialéctico favorito de esta derecha sin pudor es el «efecto espejo»: la estrategia maquiavélica de endilgarle al adversario —en este caso, al Gobierno progresista de Pedro Sánchez— todos los vicios, errores y pulsiones autoritarias que en realidad definen su propia ejecutoria. Se atreven a agitar con ligereza la palabra «fascista» contra quienes defienden las libertades democráticas y la justicia social, intentando pervertir el significado de los términos para blanquear su propio historial.
Pero la memoria no es un folio en blanco, y las cifras, por mucho que pretendan silenciarlas, gritan una realidad incómoda. Si miramos fríamente los datos que agrupa la gestión de la derecha en este país, el saldo es trágico y desolador:
- 11.915 muertos vinculados a episodios y catástrofes de su gestión.
- 7.291 fallecidos en las residencias madrileñas durante los momentos más duros de la pandemia.
- 4.000 personas afectadas por la tragedia de la hepatitis C.
- 234 víctimas mortales provocadas por la DANA.
- 192 vidas arrebatadas en la masacre del 11M.
- 80 víctimas del accidente ferroviario del Alvia.
- 75 fallecidos en la tragedia del Yak-42.
- 43 muertos en el trágico accidente del Metro de Valencia.
Ante este reguero de tragedias e indolencia institucional, uno no puede evitar formularse la pregunta más dolorosa y urgente: ¿Qué muertos merecen más respeto y dignidad? ¿Acaso el dolor se mide con el rasero partidista de quién ostenta el poder o de qué administración cometió la torpeza?
La decencia política no consiste en erigirse en juez supremo desde la hipocresía, sino en asumir el desgaste de gobernar protegiendo a la ciudadanía, en tejer un escudo social y en mantener la dignidad intacta frente a la crispación interesada.
La decencia política —esa misma que demuestra Óscar Puente con hechos e implicación directa— no consiste en erigirse en juez supremo desde la hipocresía, sino en asumir el desgaste de gobernar protegiendo a la ciudadanía, en tejer un escudo social y en mantener la dignidad intacta frente a la crispación interesada
Quienes pretenden dar lecciones de ética política con semejante mochila a sus espaldas olvidan que los ciudadanos ya no tragan con relatos impostados. Frente a su estrategia de manipulación y espejo retrovisor, la respuesta democrática debe ser la firmeza, la verdad y la defensa radical de la memoria de todas las víctimas, sin distinción ni utilización mezquina.

