
¿Ha dejado la escuela de ser un pilar de la democracia?
En los albores de la Edad Contemporánea, la escolarización de masas fue concebida como la palanca que traería al pueblo conocimiento y razón, librándolo del prejuicio y el oscurantismo que se atribuían a la ignorancia y la religión. Paternalismo obvio, pero tenía sentido frente al horizonte parroquial y el dominio eclesiástico. La condición de la democracia era la demopedia (Proudhon), la educación del pueblo. La escuela sería un santuario republicano (Ferry, Buisson) y los maestros sus húsares negros, sus sacerdotes (Peguy, Pagnol, Llopis).
Una clase en un instituto público.Mònica Torres
Es una pregunta valiente que toca la fibra del sistema educativo actual. Más que haber dejado de ser un pilar, la escuela parece estar sufriendo una crisis de relevancia frente a las nuevas formas de socialización digital.
- El vacío de pertenencia: Mientras la escuela se ha centrado en la gestión emocional individual o en contenidos técnicos, ciertos movimientos de derecha radical ofrecen algo que la adolescencia ansía: identidad, comunidad y épica.
- La pedagogía del «deber ser»: A veces, el feminismo o los valores democráticos se enseñan en el aula como dogmas morales o normas de comportamiento («no digas esto», «haz aquello») en lugar de como herramientas de emancipación. Esto genera reactividad; para un joven, la rebeldía hoy no es ser progresista (lo que percibe como «el sistema»), sino cuestionar esos consensos.
- La brecha digital: El profesorado compite contra algoritmos diseñados para radicalizar y retener la atención. La escuela sigue basada en el tiempo lento y la jerarquía, mientras que la formación política de los jóvenes ocurre en TikTok o Twitch, bajo una lógica de «entretenimiento transgresor».
- Precarización y futuro: Es difícil defender la democracia y la igualdad en un entorno escolar que a menudo reproduce la desigualdad segregando por barrios o recursos. Si la escuela no garantiza una mejora en la vida de los jóvenes, pierde su autoridad moral.


