¿Cómo no vas a votar a Ayuso?

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en el Hospital Universitario Ramón y Cajal, a 23 de junio de 2026.EUROPA PRESS / GABRIEL LUENGAS
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Madrid es una fiesta y la disfruta la región entera. Todos y todas tenemos en esta comunidad los mismos derechos, incluida la vivienda digna y, por supuesto, es ejemplar la gestión de los cuatro pilares del Estado del bienestar que dicen garantizar la Constitución y el Estado de Derecho en España, cuya bandera se expone orgullosa en tantos balcones felices, o así se entiende: educación, sanidad, pensiones (Seguridad Social) y atención a la dependencia, entre otros servicios sociales, todo cubierto con creces. Solo la inmensa bajeza de unos pocos -cada vez mayor, empezando por el Gobierno de Pedro Sánchez, que de tanta envidia, le come la caca, como decía uno de Lugo– puede criticar al Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso por su gestión en la Comunidad de Madrid. ¿Qué más queremos quienes aquí vivimos y que nunca agradecemos bastante?
Lo tenemos todo los y las madrileñas, otra cosa es que podamos pagarlo, o directamente, no sepamos si podemos pagarlo o no porque es mejor que hagamos un ejercicio de fe en Ayuso, que bien lo merece. Una presidenta autonómica que compra con tu dinero un ático de más de 6 millones enfrente de la casa de mamá (que tampoco es de mamá, sino de Ayuso en nuda propiedad), en uno de los barrios nobles de la capital, con 200 metros de terraza y en un edificio señorial habitado por gente con la que a la presidenta de la Comunidad de Madrid le encanta codearse y babearse (pobre, si yo le contara… ) es una presidenta ejemplar. Porque te manda un mensaje nítido: quiere lo mismo para ti, madrileño entregado/a, y eso de que vivas en una habitación en Villaverde por 400 euros va a cambiar con Ayuso y lo sabes. La presidenta te ha mandado la señal definitiva de su entrega con el ático, cuando decidió venderlo para dar el dinero a los pueblos afectados por ese incendio terrible; generosidad nivel diosa. Y por eso te cubres feliz con la rojigualda por la noche, cuando no te da la mierda de sueldo que te paga ese crack de empresario sin piedad que tú quieres ser para poner una estufa (no hay calefacción en el edificio) o para comprarte un ventilador en verano.
Y ahora te duele la tripa. Llevas tiempo con ese dolor y va empeorando, tanto te tortura que pensar en el aticazo que Ayuso también tiene preparado para ti ya no te alivia nada. Y tu jefe, ese crack de empresario sin piedad que patrocina “algo” de la Fórmula 1 en tu Madrid del alma y necesita que trabajes mucho para estar ahí (“¡Qué tío!”), o eso dice, no te va a dejar ir al médico ni desangrándote. Y hace bien, cuidado, todo el mundo se inventaría un dolor como el tuyo para escaquearse del trabajo si el fenómeno permitiera ausentarse del curro a sus empleados. Tendrás que escaparte en algún hueco, seguro que un compañero te cubre, para que te den un ibuprofeno y listo.
El centro de atención primaria de tu barrio está desbordado, y además, te han dicho que no tiene médicos siquiera y tú quieres una solución rápida, así que te vas a las Urgencias del hospital más cercano, que ahí te dan la receta para lo tuyo en un minuto y te largas. No contabas con tanta gente y las horas y horas de espera; y tu compañero cubriéndote, pero claro, el jefe implacable que tú quieres ser se va a dar cuenta de que faltas porque le sobran los dedos de las manos para contaros a los que hacéis el trabajo de 30 personas. Y tu compañero te va a apoyar lo justo, porque él tiene dos niños pequeños y no se puede permitir perder el curro, que está sin papeles aunque era policía en El Salvador y lo tenían amenazado de muerte; por eso no le han hecho contrato, lógicamente. Y sigues esperando en Urgencias porque te duele mucho la tripa y ya te resignas a comerte una bronca (merecida, claro) o a perder el puesto.
Es tu turno, y sí, te dan ibuprofeno del fuerte, pero hay que hacerte pruebas, porque parece que pinta fea la cosa. Te dan cita para dentro de un mes con el médico internista… “¿Un mes con este dolor?”, piensas aterrado. Por suerte, el Enantyum recetado (y los porros) te va aliviando ese dolor y ya casi te estás acostumbrado a él cuando pasa el mes y no te llaman, y dos meses, y hasta tres. “No será grave, entonces, pero es muy molesto”, admites rezando por que te llamen de una p*** vez. Dicen que la sanidad pública española, sobre todo en el Madrid de Ayuso, es la mejor del mundo y que no te van a dejar caer. Y te llaman (“¿Ves?”) a los cinco meses (150 días después), porque efectivamente, lo tuyo no era grave y los jefazos de ese hospital de prestigio -ese tipo de jefe que tú quieres ser- decidieron posponerlo para que a la presidenta de la Comunidad le cuadren los números en la gestión sanitaria y pueda seguir gobernando, faltaría más. La pena es que te dicen que te ha salido otra cosita en el intestino grueso mientras esperabas esos meses doloridos a que te hicieran las pruebas del estómago. “¡Qué mala suerte, joder!”. Y ahora toca operar, maldita sea, aunque te dicen que eso sí que va rápido: en un mes o así, estarás en quirófano. Ya se encarga Ayuso de eso, ¿cómo no vas a votarla?

