Un esquema sencillo. Hay rentas procedentes del trabajo y rentas procedentes de intereses.
Las rentas de intereses son las de la banca, las de Wall Street con sus bonos y sus acciones: los grandes tenedores de capital. Se dedican a actividades extractivas, como sacar bienes de la naturaleza. También lo son las religiones: no aportan ningún bien, y lo único que hacen es sacar dinero para sus fines, que suelen ser vivir, medios de publicidad y grandes edificios. Y están las actividades que se ejercen en régimen cuasi monopolístico, donde ponen los precios que quieren: las grandes superficies, la vivienda en nuestro país, la sanidad, la educación. Todo eso no es más que cobrar intereses. No generan bienes.
Hoy, con las tecnologías modernas, han ido más allá: te convencen de que la izquierda es mala y de que tú estás en el lado bueno de la historia. Lo consiguen con granjas de bots, con los medios de comunicación y apoderándose de los cuerpos coercitivos del Estado: jueces, policía, ejército, la Iglesia. Todo para que les votes tú y seas tú quien les lleve al gobierno.
El negocio a la sombra del rescate bancario: la ingeniería financiera de Lone Star y Cerberus en el mercado de la vivienda
Cleofás llegó ayer al café con el periódico bajo el brazo y sin pedir el cortado, señal inequívoca de que venía cargado.
—Mirad —dijo—, esto de la vivienda no es un problema de pisos. Es un problema de cómo se gana uno la vida. Los americanos dejaron las fábricas a los chinos y se quedaron con los intereses: el dólar, la banca y esas inteligencias artificiales que te ofrecen hasta en el móvil, prometiéndote que te vas a forrar. Los chinos, en cambio, solo prestan a quien levanta una fábrica, una vía de tren o un puerto, y luego se reparten los beneficios a medias. Unos viven de producir; los otros, de cobrar. Y eso me suena de algo: aquí, en los siglos XV y XVI, el sueño de todo español era vivir de las rentas y no mancharse las manos. Y ojo, que hasta Adam Smith, que no era precisamente de los nuestros, se quejaba de los terratenientes que cobran donde no han sembrado.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi alquiler? —preguntó el del fondo.
—Todo. El alquiler es un interés más: cobrar por lo que está más que amortizado. Y no se arregla esperando una ley que Junts y el resto del Congreso no van a poner de acuerdo en la vida. Se arregla cuidando lo público en vez de malvenderlo. Ya lo hemos visto: en Madrid, en 2013, el Ayuntamiento de Ana Botella vendió 1.860 viviendas protegidas a Blackstone. La justicia discutió si aquello fue delito o no, pero lo que vieron los vecinos con sus propios ojos fue cómo se disparaban los alquileres.
—Ya, pero eso es Madrid.
—Pues en tu pueblo, la pregunta es otra. Ahora Feijóo promete un millón de viviendas nuevas, con suelo público. Muy bien. Pero ¿dónde está ese suelo? Los ayuntamientos, muchos de ellos suyos, reciben el diez por ciento de lo que se edifica, y ese suelo casi no les cuesta nada: son cesiones. Ahí no hay negocio de suelo, y podrían poner mucho a precio barato. Entonces, ¿por qué no hay VPO encima? Del dicho al hecho hay mucho trecho.
Cleofás pidió por fin el cortado, removió el azúcar y remató:
Aquí no tenemos pistolas ni botes de pimienta. Tenemos votos, nos jugamos las pensiones y los sueldos.
—Y que aprieten quienes aprieten, con Ceuta, con Melilla o con los alquileres: no se puede ceder, que nos jugamos las pensiones y los sueldos. Aquí no tenemos pistolas ni botes de pimienta. Tenemos votos. Y el que tiene un voto y no lo usa ya sabe lo que dice el refrán: el que no llora, no mama.