NNGG del PP: Títeres de FAES y ambición sin escrúpulos

Lo que ocurre en las Nuevas Generaciones del Partido Popular no es política, es un montaje de despacho. Son una generación sin alma, educada en el laboratorio de FAES bajo la sombra de Aznar. No busquen líderes con principios; lo que hay son marionetas que cumplen órdenes para escalar, gente con la cara muy dura que solo entiende de ambición personal.
El patrón del «trepa»: Sin ética no hay futuro
El caso de Carlo Angrisano es el resumen de este mercenariado. Un tipo que se ha pasado años viviendo de asesorías en Bruselas y de los fondos del partido sin haber dado un palo al agua en la vida real. En cuanto ve que el chollo peligra, salta a otra formación. No es por valores, es por la nómina. Ese es el patrón que se repite: lealtad cero, ambición infinita. Son mercenarios que venden sus siglas al mejor postor cuando el «aparato» ya no les asegura el sillón.
La fábrica de marionetas de Aznar
La maquinaria de Aznar y sus fundaciones han creado políticos de plástico. Gente que no ha pisado un barrio de verdad en su vida y que no sabe lo que es pelear por llegar a fin de mes.
Vacíos de humanidad: Les llenan la cabeza de consignas y les vacían el corazón. No tienen empatía con los problemas de la gente; para ellos, el ciudadano es un número y la calle un escenario para la foto.
- Mandados sin criterio: Funcionan como robots. Si el jefe ordena ignorar la precariedad de los jóvenes o el desmantelamiento de lo público, lo hacen sin pestañear. No tienen valores, tienen un guion que cumplir para seguir cobrando.
El negocio del servilismo
Bajo el mando de Bea Fanjul, NNGG se ha convertido en una pasarela de vanidades donde el que piensa por sí mismo molesta y el que aplaude asciende. Han sustituido la decencia por el servilismo. Es una generación que nace vieja, con los vicios más sucios de la política rancia pero con filtros de Instagram.
Las juventudes del PP son hoy la oficina de colocación de una élite que desprecia lo común. Son gente sin raíces y, sobre todo, sin vergüenza. Mientras ellos juegan a ser importantes en sus despachos, los problemas reales de los municipios se quedan sin respuesta porque a estos títeres la realidad les queda muy grande. Al final solo queda el vacío: mucha ambición, muchas órdenes cumplidas y ni una pizca de humanidad.



Vacíos de humanidad: Les llenan la cabeza de consignas y les vacían el corazón. No tienen empatía con los problemas de la gente; para ellos, el ciudadano es un número y la calle un escenario para la foto.
El negocio del servilismo