¿De la generación más preparada de nuestra historia a la más fascista?
Por Francisco J. Leira Castiñeira
Historiador de la Universidad Carlos III de Madrid. Autor de Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván (Siglo XXI Editores)

Hay un primer punto que suele olvidarse: la socialización política primaria no ocurre en redes sociales. Ocurre en casa y, después, en la escuela. Las redes sociales pueden acelerar tendencias, estandarizar códigos y dar altavoz, pero rara vez crean valores desde cero. Si una parte de la juventud normaliza discursos xenófobos, antifeministas u homófobos, hay que preguntarse antes qué se ha transmitido (o qué no se ha transmitido) en los espacios donde las personas nos educamos. Aquí aparece un elemento específicamente español: la persistencia de un franquismo sociológico que nunca se desactivó del todo. No como nostalgia uniforme, sino como un conjunto de tópicos heredados, medias verdades, silencios familiares, ambigüedades morales y una pedagogía pública débil sobre lo que significaron el golpe de 1936, la Guerra Civil y cuarenta años de dictadura.
uí entra un aspecto incómodo: durante décadas, España se modernizó, pero no emprendió un proceso de desfascistización cultural (mucho menos institucional). Hubo pactos políticos y reformas institucionales, pero, la pedagogía cívica e histórica fue irregular, y a menudo dejó intactos tópicos del relato franquista. En 2008, el CIS preguntó si debía crearse una comisión independiente para investigar violaciones de derechos humanos durante el franquismo. El 42,2% respondió que no. Entre 1986 y 1995, el CIS preguntó varias veces si «Franco trajo la paz». La respuesta afirmativa nunca bajó del 48% y en 1986 llegó al 54%. Es decir: en plena consolidación democrática, casi la mitad del país seguía defendiendo la idea de que la dictadura se justificaba por haber «puesto orden y paz». Ese relato se hereda, se repite y se normaliza. Hay más datos que ayudan a matizar la responsabilidad de la juventud del ascenso de la extrema derecha al poder. Entre 1986 y 2000, cuando se preguntó cómo pasará a la historia el régimen de Franco, la opción «tuvo cosas buenas y cosas malas» —la equidistancia por excelencia— nunca bajó del 40%. La respuesta de que había sido «un periodo positivo» se mantuvo por encima del 10% en toda la serie histórica. Es decir: durante décadas, una parte importante de la sociedad dejó la puerta entreabierta al blanqueamiento de la dictadura. ¿De verdad el problema es que «nuestros jóvenes son nostálgicos del franquismo»? ¿O lo que vemos es que una parte de la juventud está expresando de forma más ruidosa —y a veces más agresiva— una pulsión que ya existía antes, dentro de sus familias y de la cultura política del país?
El problema se agrava cuando miramos la educación. En 2008, el CIS preguntó cuánto se había estudiado el franquismo en primaria y secundaria. Un 40% dijo que se trató poco y un 22% que nada. Con esos mimbres, ¿qué esperamos? Si no se enseña de forma clara qué fue una dictadura, cómo funcionó la represión, por qué se persiguieron derechos y libertades, es muy difícil que las generaciones jóvenes desarrollen una mirada crítica sólida. Sin una Historia crítica, la democracia se convierte en un decorado: está ahí, pero no se entiende por qué importa. En otras palabras: antes de señalar a los jóvenes como culpables, conviene mirar el terreno sobre el que han crecido. Porque si durante años se enseñó poco el franquismo, si en casa se transmitieron silencios o justificaciones, y si en el debate público se han tolerado ambigüedades, no es extraño que algunos terminen confundiendo autoritarismo con «orden», o dictadura con «paz». No es un fallo generacional, es una responsabilidad colectiva. Nuestra responsabilidad como sociedad está en educar en valores democráticos y en la defensa de los Derechos Humanos.
Por otro lado, decir «la juventud está derechizada» como si fuera un bloque homogéneo es una frase cómoda, pero intelectualmente vacía. No es algo exclusivo de España, es una ola reaccionaria que va de Estados Unidos a Italia, de Argentina a Hungría, de Países Bajos a España. La variable generacional nunca actúa sola: se cruza con género, clase social, el género, territorio, nivel educativo, expectativas materiales (vivienda, empleo) y, otra vez, socialización. Asimismo, no podemos obviar la batalla cultural que la izquierda está perdiendo. Si hay un dato que rompe el cliché, es la brecha de género. El electorado de Vox está marcadamente masculinizado, y esa diferencia no es menor: es estructural.
En la serie de encuestas de 40dB (años 2023 y 2025) para El País se observa con claridad el peso del voto masculino y la distancia respecto al voto femenino entre jóvenes (18-45 años). En 2023 se estimaba alrededor de un 15% de voto masculino frente a un 10% femenino (nada más y nada menos que 5 puntos); en una medición de 2025, el apoyo subiría a 21% en hombres y 13,4% en mujeres (la diferencia se amplía a 8 puntos).
Esto cambia el diagnóstico de raíz: si hay un giro hacia la extrema derecha en sectores juveniles, no es simétrico porque conviene recordar que los dos movimientos sociales más vivos e importante de las últimas décadas (feminismo y LGTBIQ+) están fuertemente protagonizados por mujeres jóvenes. Por lo tanto, es cierto que hay un «giro» hacia Vox entre jóvenes, pero no es simétrico; está muy concentrado en determinados perfiles, y eso cambia por completo el diagnóstico. No obstante, se debe remarcar, que el voto (o la intención del mismo) no es el único indicador de la cultura política de un individuo, se demuestra si miramos al periodo de la Transición. ¿Eran menos de extrema derecha la juventud del 78 que la actual porque Blas Piñar solo tuvo un diputado? Pero, ¿qué fueron los Legionarios de Cristo Rey o la Triple A?
El Estado —y cuando digo Estado incluyo al Gobierno central, a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos— tiene una obligación básica: dar respuesta a los problemas reales de la gente. No es un idealismo; es pura higiene democrática. Cuando el paro, la vivienda, la precariedad o la desigualdad se enquistan, ocurre algo previsible: una parte de la ciudadanía se desconecta, se abstiene por hastío o busca refugio en discursos que prometen certezas rápidas, aunque sean falsas y en esa grieta, la extrema derecha suele moverse con ventaja.
Su fortaleza no reside en la calidad de sus soluciones, sino en la simplicidad de su relato. Frente a problemas estructurales —que exigen reformas complejas y paciencia— ofrece explicaciones cortas: «la culpa es de los inmigrantes», «la democracia es un fraude» o «los impuestos sirven para enriquecer a los políticos». Si a eso le sumamos una educación democrática frágil, el problema se agranda, porque sin una cultura básica sobre lo que significa un Estado de derecho, es más fácil que calen atajos autoritarios.
Por eso, si de verdad nos preocupa el avance de valores reaccionarios, el primer trabajo no es moralizar ni señalar con el dedo: es educar, en el sentido más serio del término: enseñar cómo funciona la democracia, cómo se construyen los derechos, qué cuesta perderlos y qué implican las dictaduras. No solo la española, también las experiencias autoritarias de Portugal, Grecia, Alemania, Italia o los países del Este europeo. No se trata de dar lecciones abstractas, sino de dotar a la sociedad —especialmente a la juventud— de un vocabulario cívico mínimo para identificar discursos vacíos. No obstante, no conviene fingir que este problema ha surgido de la nada o que es un capricho generacional.
España arrastra un franquismo sociológico que no desapareció del todo y que ha dejado restos culturales que se han transmitido a una parte de la juventud. Pero sería un error convertirlo en la explicación única: ni basta para entender el auge de Vox.
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