– Amalio Rey / Fuente: Espacios de Educación Superior

Se repite con insistencia que el valor de la universidad reside en su capacidad para proporcionar habilidades útiles y directamente transferibles al mercado laboral. La formación superior aparece así reducida a un cálculo de rentabilidad inmediata, donde el conocimiento solo se legitima si produce resultados visibles a corto plazo. Sin embargo, esta concepción olvida que el trabajo, las profesiones y las propias organizaciones cambian con mucha más rapidez que los planes de estudio, y que no todas las capacidades decisivas se adquieren mediante una lógica de especialización técnica. En ese desplazamiento silencioso —del saber como exploración al saber como instrumento— se juega buena parte del sentido contemporáneo de la educación universitaria.
AMALIO REY
La trampa de la empleabilidad inmediata
El discurso dominante insiste en que la universidad debe preparar a los estudiantes para el mercado laboral con habilidades técnicas específicas. El mensaje es claro: céntrate en aprender «cosas prácticas», algo que te acerque a un contrato lo antes posible. Según esa perspectiva, la exploración abierta del conocimiento es un lujo inútil. Las humanidades, la filosofía, la historia del arte o la antropología, se miran con desdén: «muy bonito todo eso, pero… ¿para qué sirve?».
La volatilidad del mercado y el error del cálculo utilitarista
En un mundo obsesionado con la empleabilidad inmediata, es fácil caer en la trampa de creer que solo las habilidades técnicas y especializadas garantizan un futuro laboral. Sin embargo, incluso desde una lógica utilitarista, esa idea hace aguas. Basta con observar cómo cambia el mercado: hace unos años, Arquitectura se consideraba una apuesta segura; hoy, muchos jóvenes arquitectos se las ingenian como pueden para encontrar su sitio. Lo que ayer era codiciado por las empresas, hoy puede haber perdido buena parte de su atractivo. Por eso, elegir una carrera solo por su empleabilidad puede ser un error, y el consejo más sensato sigue siendo este: «quienes sientan verdadera pasión por una materia, que sigan su instinto», sin dejarse arrastrar por una visión del mercado tan miope como volátil.
En defensa de la Educación Liberal
Cada vez que escucho mensajes centrados en las habilidades técnicas y la empleabilidad inmediata, vuelvo al libro de Fareed Zakaria, In Defense of a Liberal Education[1]. En él se explica con mucha claridad por qué estudiar humanidades no solo es valioso, sino también útil: este tipo de formación desarrolla habilidades más prácticas y duraderas que muchas de las llamadas «profesionales» que suelen citarse como esenciales.
el consejo más sensato sigue siendo este: «quienes sientan verdadera pasión por una materia, que sigan su instinto», sin dejarse arrastrar por una visión del mercado tan miope como volátil
Qué entendemos por Educación Liberal
La llamada «Educación liberal» abarca, en su sentido amplio, las humanidades, las ciencias sociales, las matemáticas, las ciencias naturales y las artes. Es un término muy estadounidense, que en España se usa poco en la nomenclatura universitaria. Estaríamos hablando de disciplinas como la sociología, literatura, lingüística, filosofía, historia, ciencias políticas, psicología, matemática o antropología, entre otras. Una forma de definirlas es que persiguen el conocimiento por sí mismo, no por un fin utilitario o una recompensa económica inmediata, sino por la búsqueda de la verdad y la comprensión. Y es precisamente en esta búsqueda desinteresada donde reside paradójicamente su inmenso valor práctico.
Fin y medio: una falsa dicotomía
El debate sobre si la Educación Liberal debe entenderse como un fin en sí misma o como un medio para fines prácticos sigue abierto. Pero no son posturas opuestas: una buena formación cultiva ambas dimensiones. Mientras el mercado laboral cambia a gran velocidad y muchas carreras especializadas quedan pronto obsoletas, hay cuatro habilidades universales que resisten el paso del tiempo y marcan la diferencia: aprender a pensar, escribir, hablar y seguir aprendiendo. Zakaria las destaca como pilares de esta educación, y yo también considero que son las más valiosas.
La primera, aprender a pensar, no es simplemente resolver problemas, sino desarrollar el hábito de cuestionar lo que creemos obvio, de habitar la duda, de resistirse a las respuestas fáciles. La universidad es de los pocos lugares donde se nos obliga, de forma sistemática, a pensar sobre cómo pensamos. Y es en las carreras de humanidades donde más se insiste en esto. William Deresiewicz, en Excellent Sheep, advierte que reducir la educación a un mero entrenamiento para el mercado laboral limita nuestra capacidad crítica. Nos convierte en empleados dóciles y consumidores ingenuos[2].
hay cuatro habilidades universales que resisten el paso del tiempo y marcan la diferencia: aprender a pensar, escribir, hablar y seguir aprendiendo
Aprender a escribir —de verdad— no consiste solo en construir textos gramaticalmente correctos, sino en ordenar bien las ideas, afinar el pensamiento y comunicar con claridad y propósito. Y esa habilidad es muy valiosa para cualquier ámbito de la vida, una herramienta profesional de primer orden. En casi cualquier trabajo tendrás que redactar informes, correos, propuestas, argumentaciones. Expresarte con precisión te hará más persuasivo, más comprensible, más eficaz. El periodista Walter Lippmann decía que no sabe bien lo que piensa hasta que escribe sobre ello. Norman Augustine, ex CEO de Lockheed Martin, afirma que pocas habilidades predicen mejor el éxito en puestos de liderazgo que la capacidad de expresarse con precisión por escrito.
Aprender a hablar, la tercera habilidad, es más que hablar en público: es saber dialogar, argumentar, escuchar, conectar con el otro. Quien habla bien suele haber pensado bien antes. Y esto, las carreras humanísticas lo fomentan de forma natural: seminarios, debates, exposiciones orales. En muchas carreras técnicas, en cambio, estas destrezas apenas se trabajan. Y, sin embargo, son cruciales en casi cualquier contexto profesional donde haya que colaborar, persuadir o liderar.
Y, no menos importante, la Educación Liberal nos enseña a «aprender a aprender». Zakaria cuenta que su paso por las humanidades le enseñó a estudiar por su cuenta, a hacerse buenas preguntas, a encontrar fuentes fiables, a detectar los prejuicios de un autor y a leer rápido sin perder profundidad. En definitiva, a que «aprender es un placer, una gran aventura de exploración». Y eso es lo que permite adaptarse a lo nuevo, a lo inesperado, a lo que aún no existe.
«aprender es un placer, una gran aventura de exploración». Y eso es lo que permite adaptarse a lo nuevo, a lo inesperado, a lo que aún no existe
Habilidades humanas en la era de la automatización
Las habilidades humanas —pensar, escribir, hablar, aprender— no solo resisten el paso del tiempo: ganan valor a medida que todo lo demás se automatiza. Son precisamente las que las máquinas aún no logran replicar del todo. Mientras los conocimientos técnicos caducan con rapidez (basta pensar en la programación de hace diez años), estas competencias perduran y contribuyen a forjar el carácter. Drew Faust, expresidenta de Harvard, lo expresó bien: no te preparan solo para el primer empleo, sino también para el segundo, el tercero y «hasta el sexto».
Por eso, a quienes sientan pasión por disciplinas como la Historia del Arte, la Antropología o cualquier rama de las humanidades, quiero decirles que, si están dispuestos a tomárselo en serio, hay muchas oportunidades de trabajo esperándoles. Estas carreras fomentan competencias tan valiosas como el aprendizaje de idiomas, la empatía, la sensibilidad estética o la capacidad de adaptarse a entornos multiculturales. Cualidades cada vez más buscadas en trabajos que enfrentan los grandes retos del presente.
El mercado necesita personas capaces de leer el mundo, de entender a los demás, de traducir ideas complejas y de pensar con matices. Edgar Bronfman, ex CEO de Seagram Company, recomienda a los estudiantes de escuelas de negocio que estudien Humanidades, porque su aprendizaje «los convierte en personas interesadas e interesantes». Y eso, en cualquier sector, siempre tiene valor.
Saber leer bien, reflexionar, vivir con intensidad situaciones diversas, mantener buenas conversaciones y cultivar una rica vida interior no son lujos decorativos: son habilidades profundas, humanas y útiles. Hoy más que nunca.
Por eso me atrevería a decir que, si tuviera que medir la «eficacia educativa» de una universidad, el criterio clave sería este: cuánto han progresado sus alumnos en esas cuatro habilidades. Comparar, de alguna manera, cómo estaban al ingresar con lo que son capaces de hacer al terminar la carrera permitiría enfocar con claridad el rol singular que la universidad sigue ocupando en el puzle —cada vez más complejo— del aprendizaje.
[1] Fareed Zakaria: «In Defense of a Liberal Education». W.W. Norton & Company. 2015
[2] William Deresiewicz: «Excellent Sheep: The Miseducation of the American Elite and the Way to a Meaningful Life». Free Press. 2015

AMALIO ALEJANDRO REY
Director – eMOTools
Autor de «Cómo impulsar la inteligencia colectiva» (2024) y «El Libro de la Inteligencia Colectiva» (2022), Editorial Almuzara
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