
Trump no es todopoderoso: cómo puede Europa plantar cara al renovado imperialismo yanqui
- El nuevo orden mundial basado en la fuerza que propone Trump, provocado por el declive de la influencia de EEUU, obliga a la UE y sus Estados miembros a replantear su papel en el mundo.
- Los expertos nacionales e internacionales con los que ha hablado ‘Público’ coinciden en las causas que han llevado al final de la ‘pax americana’, pero aportan distintas perspectivas acerca de la respuesta que debe dar la UE.

Madrid-17/01/2026 20:15
«Estados Unidos ya no es un socio de la Unión Europea«. Así de tajante lo dice Mercedes Guinea, profesora de Relaciones Internacionales e investigadora en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). «Una alianza», explica la doctora, «se basa en la confianza entre las partes». Y esa confianza ya no existe. La estrategia expansiva de Donald Trump y sus amenazas la han dinamitado. «Se está cargando a pasos agigantados la relación que tenía EEUU con Europa», completa Javier Carbonell, director de Future Policy Lab y profesor en Sciences Po de París.
- Y si EEUU y la UE ya no son socios o están empezando a dejar de serlo, entonces, ¿qué son? Esa es seguramente la gran pregunta, aunque todavía sin respuesta. Cuál tiene que ser la relación entre el viejo continente y EEUU. Pero hay más: cómo puede Europa sobreponerse al ansia de Trump, qué herramientas tiene para plantarle cara, qué riesgos puede correr y qué papel va a ocupar en este nuevo orden mundial que si nada lo impide se fundamentará en la fuerza. Cuando menos, eso es lo que Trump ha demostrado que quiere.
- «Es un poco aquello que decía Cersei Lannister», resume Carbonell con una referencia a la serie televisiva Juego de Tronos: «Poder es poder». «Vivimos en un mundo, en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder». Es esa misma idea, aunque estas últimas palabras no son de Lannister, sino de Stephen Miller, uno de los asesores principales del presidente Trump.
- Pero hay otra pregunta que hay que hacerse antes que todas las demás. Así lo señala Marga Ferré, presidenta de Transform! Europe. «Se está produciendo un triunfo de la narrativa antirracionalista», lamenta. «Ya no nos preguntamos por qué ocurren las cosas, sino solo cómo podemos adaptarnos a ellas y eso me parece totalmente reaccionario».

una intervención militar estadounidense contra el territorio autónomo supondría el fin inmediato de la alianza atlántica
Por qué Trump ha escogido la vía de la fuerza
- Ferré subraya, por lo tanto, la importancia de entender por qué Trump ha escogido la vía de la expansión unilateral, la fuerza y las amenazas en su política internacional y lo cierto es que hay consenso entre todas las voces consultadas. «El imperialismo de EEUU es una reacción a un mundo que ya no dominan», explica. Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM, hace la misma lectura: «Es una potencia en claro declive». Y añade un lateral más al tablero: «Lo que necesita es impedir verse superado por China».
- «La clave es entender que los países BRICS, entre los que está China, pero también otros como Brasil o India, llevan un lustro creciendo seis veces más que los del G7», añade Ferré. Para ella, la estrategia de Trump en la arena internacional «no va tanto de territorios» como de generar monopolios de empresas estadounidenses para volver a abarcar un mercado que han dejado de controlar, en especial en el sector de la tecnología.
- La analista apunta que, precisamente por esa aspiración monopolística del mercado tecnológico —»EEUU quiere que Europa compre solo su tecnología y ni siquiera sea capaz de desarrollar su propia inteligencia artificial»—, Trump introdujo a la UE en la guerra arancelaria con China. «EEUU ha pasado al poder duro cuando ha dejado de controlar el poder tecnológico». No es trivial la gran reserva de petróleo, gas y de las codiciadas tierras raras que posee Groenlandia.
- La profesora Mercedes Guinea enfatiza que Trump lo lee todo «en competencia con China» y lo que quiere es «someter a Europa para que rompa con el país asiático». Pero eso, aclara, «puede tener el efecto contrario». En cualquier caso, remata la doctora, esta forma que tiene el presidente estadounidense de entender la política internacional es «intrínseca al programa Make America Great Again (MAGA)». «Trump», resuelve, «pretende demostrar a su ciudadanía que el declive de la última década puede tornarse en un nuevo expansionismo que haga otra vez de EEUU una superpotencia mundial». Se presenta como el garante de algo así como un «proyecto salvador» para el país.
- Hay algo, además, en lo que inciden tanto Marga Ferré como Javier Carbonell o Mercedes Guinea. Trump no es un loco, sino que tiene una teoría del poder que está arraigada en amplios sectores del Partido Republicano. «EEUU, hasta ahora, había hecho un gran esfuerzo de convencer y ahora mismo está en un esfuerzo de asustar». Así lo resume Carbonell, que ve en esta dinámica una vuelta muy clara de lo que en su día fue la doctrina Monroe. Esto es, «América para los americanos y controlo y me aprovecho por la fuerza de los recursos que tengo a mi alcance sin importarme a quién me lleve por delante».
Cómo puede parar Europa la ola de Trump
- Hay dos escenarios en los que la Unión Europea como conjunto y los países que la integran por separado tienen que posicionarse para plantar cara a las intenciones imperialistas e intimidatorias de Trump. El primero es el inmediato; el corto plazo representado sobre todo en sus aspiraciones de anexionarse Groenlandia. El segundo, y seguramente más importante, es el largo plazo: el papel que juega Europa en la configuración del nuevo orden mundial y su forma de estar en él.
- En cuanto al corto, ya se han ido viendo movimientos. Algunos países europeos han enviado destacamentos militares a la isla para demostrar a Trump que sí hay seguridad en esa parte del Ártico. «La realidad es que no hay un peligro real de la seguridad en Groenlandia», afirma Carbonell. En cualquier caso, con el envío de soldados, Alemania, Francia o Suecia han querido demostrar a Trump con su propio lenguaje, el militar, que violentar las fronteras de un territorio que forma parte de un país de la UE es ir demasiado lejos.
- El profesor añade, en cualquier caso, que hoy por hoy es difícil ser mucho más duro desde Europa con Trump. Primero, porque en términos comerciales «la dependencia es alta» y, sobre todo, porque todavía más alta es la dependencia militar. «Hay que recordar la guerra de Ucrania», resume el director de Future Policy Lab: «La UE no quiere perder a Ucrania frente a Rusia, que es prácticamente nuestra única amenaza, y sin la intervención militar de EEUU sería imposible sostener la situación».
- En el corto plazo, por lo tanto, parece que Europa no tiene más remedio que conformarse, tal y como subraya Carbonell, con ir encontrando el equilibrio entre poner diques de contención y a la vez no romper la baraja con EEUU. Ruth Ferrero enumera, por otro lado, algunas de las fortalezas que tiene la UE en el campo comercial y de las alianzas, a diferencia del campo militar. Habla de la capacidad para establecer normas comerciales, condicionar acuerdos también comerciales e imponer sanciones. Pero la realidad es que la verdadera partida se juega mirando al futuro.
- Entre los expertos consultados hay una discrepancia fundamental y se centra en la importancia que debería conferir la Unión Europea a su desarrollo militar.
- Mercedes Guinea señala que, en estos momentos, el proyecto europeo se define con tres elementos: economía, defensa y energía. La profesora de la UCM en ningún caso cree que Europa deba renunciar a sus valores pacifistas, pero remarca que «para protegerlos y hacer que los demás los respeten, necesitamos capacidades militares». Y completa la idea: «Mientras no las tengamos, tendremos que ser unos vasallos de Estados Unidos… El que te protege exige vasallaje».
- Es una idea con la que discrepan Marga Ferré y también Federico Tomasone, encargado de los proyectos relacionados con los derechos sociales en la Fundación Rosa Luxemburgo. Tomasone cree que la estrategia de una Europa que quiera tener un peso específico alto en la nueva configuración internacional «no puede consistir en perseguir a Trump en su propio terreno: más militarismo, más lógica de potencia y viejos reflejos coloniales».
- «Un contrapeso realista», argumenta, «sería justo lo contrario: abandonar la trayectoria militarista e invertir en cooperación efectiva, derecho internacional, desescalada, bienes públicos globales y relaciones menos jerárquicas, especialmente con el Sur global. Dicho de otro modo, no se trataría de subir la apuesta, sino de cambiar la lógica del juego».
- Tanto él como Ferré creen que la UE puede tener la capacidad de incidir en la conformación del nuevo orden mundial. Ninguno de los dos acepta que las dos únicas posibilidades sean entregar la cuchara o competir en el terreno militar. «La teoría feminista nos ha enseñado a las mujeres que para luchar con alguien que tiene capacidad de ejercer violencia contra nosotras, los mecanismos que tenemos son dos», expone Ferré: «Las leyes justas y tener buenas alianzas». Señala, eso sí, que en Europa sigue habiendo reticencias a dar un giro de 180 grados en el terreno de las alianzas.
- «Y otra determinación que Europa puede y debe tomar para dar una patada a la mesa y rechazar el modelo que plantea Trump es salir de la OTAN y quedarse con las bases que tiene EEUU en suelo europeo», expone Ferré. Además, insiste en que «el atlantismo como eje que estructura el mundo está completamente roto». Por eso, cree que lo más interesante sería abandonar la OTAN y desarrollar la autonomía europea, por ejemplo, en el marco de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa).
- Pero, sobre todas las cosas, Ferré considera que Europa, para evitar esa condición de subalternidad frente a EEUU, lo que tiene que hacer es oponerse a la idea de que «el más fuerte es el que tiene más misiles», una idea que considera propia incluso de tiempos previos a la Ilustración. «Si Europa aboga por una salida militar, está completamente perdida».
- Tomasone añade que un giro como el que proponen él mismo o Ferré «obligaría a repensar también el modelo interno europeo». Se explica: «No hay política exterior autónoma y creíble si se sigue por el camino de austeridad, desigualdades y compresión democrática; ese modelo produce dependencia externa y fragilidad política, y vuelve inconsistente cualquier postura internacional». Él tiene clara la receta, pero reconoce que no ve «a las clases dirigentes europeas preparadas para emprender esa transformación». Las considera más bien «atrapadas» en la «oscilación entre la adaptación táctica y retórica, haciendo a menudo el papel de comparsa en un juego escrito por otros».
- Queda patente, por lo tanto, en las conversaciones con expertos ese dilema que está también en la política española y en la de muchos otros países: por un lado, aumentar el poder militar europeo e incluso avanzar hacia una concepción más coordinada de los ejércitos de los distintos países para que Europa pueda medirse en términos militares con el resto de potencias —algo que hoy por hoy está muy lejos—. Por otro, defender una alternativa a la escalada militarista basada en el derecho internacional repudiando la oferta de Trump, que parece ser un tablero global propio del «periodo de entreguerras», esto último en palabras de la profesora Mercedes Guinea.
El comercio y las alianzas
- Sí hay mucho más consenso en la importancia de que Europa afiance alianzas firmes con los BRICS. «Tenemos que tener muy claro que Europa no está sola ni de lejos y que hay muchos lideres en el mundo que no aceptan las tesis que maneja Trump», afirma Marga Ferré. China es, sin duda, el actor más relevante en este sentido. La profesora Guinea explica que «la percepción de EEUU más como una amenaza que como un aliado ha facilitado que el talante de China parezca mucho más amigable». Javier Carbonell añade que Europa comparte con el país asiático, a diferencia de con el actual EEUU, la preocupación por el cambio climático, la apuesta por la electrificación o el respeto a la soberanía de los territorios.
- En cambio, Luca Ratti, catedrático de Derecho laboral europeo comparado en la Universidad de Luxemburgo, ve «poco probable» que la UE pueda «sustituir a EEUU como principal interlocutor político y económico».
- De todas formas, apunta Tomasone, «replantear alianzas no puede reducirse a diversificar por diversificar o a hacer un reequilibrio táctico entre grandes potencias… Si no se discuten las bases económicas y políticas de la integración europea actual, cualquier cambio será superficial». De nuevo, el italiano ve la oportunidad de un cambio real, pero desconfía de las élites europeas, «que siguen atrapadas en un esquema viejo».
- Y en cuanto al posible replanteamiento comercial europeo, Tomasone rechaza la idea de que «Europa compita comprimiendo demanda interna», toda vez que si lo hace seguirá «siendo dependiente y vulnerable al chantaje comercial: por eso, reconstruir capacidad de negociación significa reinvertir y redistribuir dentro del continente». Para él, es imprescindible una lógica «orientada a satisfacer necesidades sociales». «Solo una Europa menos desigual y capaz de invertir en sí misma», zanja, «puede negociar con Washington sin plegarse automáticamente».
- Nadie habla de despreciar comercialmente a EEUU, pero sí de mirar con más ahínco a otros mercados y de fortalecer el perfil comercial europeo. El profesor Ratti observa en los acuerdos comerciales alcanzados con los países del Mercosur, Indonesia y México —además de las negociaciones en curso con la India— «una respuesta importante a los aranceles introducidos por la administración Trump», aunque está por ver su eficacia.
Innegociable: cuanto más juntos, mejor
- También hay consenso total en la necesidad de unidad. Pablo del Amo, autor de La defensa española (Catarata, 2025) e investigador en relaciones internacionales, consciente de la dificultad de que los 27 vayan a ponerse de acuerdo para caminar juntos y al mismo ritmo, habla de la posibilidad de que exista «una Europa de varias velocidades». Coincide con él Javier Carbonell, que cree que el fomento de la «unidad de acción» es imprescindible y que si no se puede contar con los 27, se tendrán que conformar «grupos de países» dentro de la Unión que sí estén dispuestos a coordinarse de forma efectiva.
- El propio Carbonell dibuja un mundo —el de hoy— en el que varios polos están amasando poder y donde Europa tiene que conseguir ser también uno de ellos. «O eres alguien o perteneces a alguien», resume. Europa se encuentra ante el reto de decidir qué papel juega, cómo lo juega y, muy importante, con quién.
Samuel Martínez
- Periodista encargado de la información parlamentaria en Público. Tras un tiempo en el periodismo local, recaló en La Información para cubrir noticias sobre política y economía. Trabajó en LACOproductora y en la sección de Vídeo de El País. Con formación de posgrado en análisis político, colabora en la tertulia política del programa Són 4 dies (Ràdio 4).
En 2025, los países BRICS (miembros plenos) son Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, a los que se unieron formalmente en enero Egipto, Etiopía, Irán y Emiratos Árabes Unidos, sumando un total de 9 miembros, y también se han incorporado nuevos socios como Indonesia, Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Kazajistán, Malasia, Uzbekistán, Uganda, Tailandia y Vietnam, convirtiéndose en un grupo ampliado con gran influencia global y una agenda enfocada en desarrollo, comercio y acción climática.


